No me digas que no pasa nada

Hay veces que adoptar una actitud positiva cuando otra persona nos está contando sus desgracias no solamente sirve de poco sino que hasta puede ser mal recibido, e incluso resultar contraproducente en algunos casos.

¿Alguna vez os habéis quedado desconcertados al ver despreciadas vuestras respuestas llenas de buenas intenciones, seguido de un “Es que no me entiendes”? Esto por ejemplo ocurre a menudo con los adolescentes.

O imaginemos la situación al revés. ¿Nunca os ha pasado sentiros extremadamente frustrados después de contarle a un amigo o familiar lo mal que lo estáis pasando y recibir como respuesta un simple y soso “¡No pasa nada!” o “¡No es para tanto!”, o peor aún: “¡Pero si la vida es muy bonita!”? Al contrario de lo que algunos creen, este tipo de comentarios a veces no animan para nada, e incluso pueden ser bastante desalentadores.

Pues es que cuando uno trata de relativizar la narrativa de otra persona, el riesgo que se corre cuando no se hace en el momento adecuado, es que la experiencia de dicha persona quede desconfirmada. Es decir, que esa persona no se sienta escuchada y validada en sus emociones y sentimientos. Se produce entonces una especie de herida narcisista: un dolor en la creencia de uno mismo. La persona además, tenderá a cerrarse más.

¿Y por qué es tan importante la respuesta del otro?

Las personas construimos parte de nuestra identidad a través del reflejo que los demás nos devuelven de nosotros. Además, el deseo de pertenencia y aceptación está muy arraigado en el ser humano y esto se explica evolutivamente por el hecho de que en tiempos pasados, ser rechazado por nuestro grupo significaba la muerte ya que uno no podía sobrevivir solo.

Por lo tanto, cuando una persona tiene un conflicto interno, el hecho de enmarcar su experiencia como algo legítimo y digno de existir puede resultar en un gran alivio para esa persona y hasta tener un efecto terapéutico. Además, recordarle que lo que siente es totalmente comprensible, no sólo disminuirá su sensación de malestar sino que también bajará sus defensas. Y es solamente una vez que la persona se haya sentido entendida y validada que podremos empezar a ofrecer mensajes positivos, consejos y posibles alternativas y soluciones. Muchas personas tienen miedo de que si confirman lo terrible que pinta una determinada situación, sumergirán a la otra persona todavía más en las profundidades. Pero es una creencia errónea porque cuando el interlocutor se muestra más pesimista, de alguna forma está dejando espacio al otro para ser más positivo. Es un tipo de paradoja. Por ejemplo, hasta es probable que la persona deprimida replique diciendo “Bueno, estoy mal pero tampoco estoy tan mal”. Dicho esto, no pretendo en absoluto desechar el poder benéfico de una actitud positiva. Lo que quiero resaltar en este artículo es la importancia de saber palpar cuándo es un buen momento para mostrarse positivo y cuándo no.

Por otra parte, es imprescindible distinguir que lo que a uno le parezca trivial, no necesariamente lo es para otra persona. No hay realidades universales. Una misma experiencia no suscita la misma respuesta en todo el mundo. Cada uno tiene una historia única. Sea cual sea la situación que haya generado el malestar, lo que cuenta es que sea real para la persona que lo esté experimentando. Así que decirle por ejemplo a alguien que está exagerando, equivale a descalificar su vivencia.

Y por último, cabe preguntarse: ¿Qué verdadera función tienen mis mensajes positivos ? ¿Realmente van dirigidos a la otra persona o se trata de una estrategia inconsciente para aliviar mi propio malestar que me genera ver a esa persona en ese estado? ¿Soy capaz de tolerar el sufrimiento en el otro? Al hacernos este tipo de preguntas, podemos aprender a ser más conscientes de nuestras propias proyecciones y arrojar luz sobre algunos patrones de conducta que son inconscientes.

 

por Jasmine Murga


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